Licencia

..."Las palabrsiempre retendrán su poder"...

lunes, 15 de febrero de 2010

Desiciones


La lluvia caía de forma torrencial sobre la espesa jungla, todo lo inundaba el sonido del agua cayendo sobre las hojas, de éstas se desprendían grandes goterones que iban a perderse metros más abajo, donde se encontraban con el barro mezclado con hojas y pasto.

Eran más menos las cuatro de la mañana, la noche era plena a su alrededor y el frío le hacía temblar las manos que sostenían el fusil, trataba de hacer lo posible para que su cuerpo no se durmiese, más que mal llevaba cuatro horas en la misma posición, escondido entre el follaje de un enorme árbol, luchando porque la lluvia no mojase la pólvora del fusil. Su viejo gorro militar lograba cubrirle la cara, permitiéndole fumar un habano, del cual escapaba una pequeña bocanada de humo muy de vez en cuando. El tabaco se consumía a fuego lento, como si la vida se le escapase en cada interminable aspirar y luego soltar.

Le gustaba la lluvia, le hacía recordar su infancia, a la argentina y al Chile, a ese sanatorio del Amazonas, pero en estas situaciones la detestaba, lo hacía ponerse nervioso, no escuchaba los sonidos de su alrededor, le hacía sentirse inseguro. Normalmente escucharía a alguien venir desde gran distancia, el sonido de las ramas y las hojas le advertirían sin dudar, pero con la lluvia todo eso se perdía, lo mismo sucedía con los olores, siempre se jactó de tener un olfato magnífico, pero la lluvia disolvía cualquier aroma, cubriéndolo con ese húmedo olor a tierra mojada, que llenaba todo el ambiente.

Es por esto que no le vio venir, era un soldado de la quinta compañía, guardia de las fronteras, por horas recorría los valles junto a varios más de su compañía, en busca de algún osado rebelde que se atreviese a entrar a sus dominios. El escondido se había separado de su grupo hace dos días, tomado por muerto en un asalto a un pequeño puesto de avanzada, fue dejado atrás, al despertar, decidió seguir a su bando, usando su gran habilidad de rastreador. Esto era otra de las cosas que lo asustaban, decidió detenerse por la lluvia, ya que era muy peligroso adentrarse en la jungla sin escuchar ni ver nada, pero al mismo tiempo, esta lluvia iría borrando el rastro de sus compañeros, y si los perdía no podría ni siquiera volver tras sus propios pasos. A esto se sumaba que sabía que había guardias patrullando esos valles, su ataque al puesto de avanzada ya habría trascendido, y los estarían buscando.

El guardia avanzó sosteniendo una vieja metralleta americana y enfundado en un viejo impermeable color verdoso, que apenas si resaltaba en la maleza que lo rodeaba, el camuflado guerrillero no lo notó hasta que lo tuvo a menos de un metro y medio de distancia, el viejo impermeable verde lo delató, el árbol que escondía a nuestro personaje dejó caer desde las alturas una enorme gota, que fue a caer precisamente en el hombro del guardia fronterizo, provocando un fuerte sonido, como cuando alguien aplaude en un salón vacío. El guerrillero bajo el árbol reconoció el sonido de inmediato, por su cabeza pasaron millones de insultos en un segundo, se vio capturado, asesinado a sangre fría sin haber cumplido la anhelada revolución. Su vista penetró en la oscuridad de la noche, y tras un leve esfuerzo lo vio, el guardia iba caminando despacio, el guerrillero dio un suspiro inaudible, aún no había sido descubierto.

El escondido dejó su árbol, despabilando sus piernas algo dormidas por el frío y la quietud. Avanzó lentamente sin agitar el aire a su alrededor, y en un par de pasos rodeo el enorme árbol que lo protegiese y al guardia fronterizo que caminaba despreocupado. Se acercó por detrás de éste, con su fusil ruso al hombro, y puñal en mano, pensando en que no dejaría que un mero guardia de fronteras, que seguramente no había disparado un arma en su vida arruinara la revolución, llevaba veintiséis años de su vida preparando este momento, y no dejaría que todo terminara ahora. Cuando estuvo a menos de treinta centímetros de distancia preparó su golpe, debía ser certero, el puñal debía cortar con precisión la garganta de su enemigo, no dándole tiempo a nada, y cortando cualquier reflejo de disparar la metralleta gringa.

Justo en ese momento algo se incendió en la profundidad de la jungla, era otro puesto de avanzada que sus compañeros seguramente habían atacado, el puesto de avanzada del guardia que él intentaba asesinar. Al sentir el resplandor en su espalda, el soldado de la quinta compañía se dio vuelta, encontrándose de golpe con el que pretendía ser su victimario. El guerrillero al verse sorprendido, logró dar una patada en la metralleta al guardia, que con su otra mano intentó sacar la pistola reglamentaria, intento el cual fue cortado por el puñal que se clavó en su brazo. Ya con sus manos libres el guerrillero asestó tres golpes de puño certeros en la cara del guardia que cayó al suelo inconsciente. La sangre manaba del brazo de su enemigo, confundiéndose con el agua que inundaba el barro a sus pies. El guerrillero pensó en irse, debía ayudar a sus camaradas que atacaban el puesto de avanzada, pero algo lo detuvo. Antes de ser guerrillero, antes de ser soldado, era médico. Se arrodilló junto al herido soldado y del cansado morral que llevaba en su espalda sacó una venda algo húmeda y un frasquito de alcohol que esparció en el brazo de su oponente, no sin antes retirar el puñal clavado en él y colgárselo al cinto. Luego de vendar con gran paciencia al soldado caído, lo arrastró hasta los pies del árbol que le diera refugió, quitándose el viejo morral militar y colocándolo bajo la cabeza del inconsciente en forma de almohada. Tras todo este procedimiento, en el cual no tardó más de cinco minutos, tomó su fusil, y partió en pos del aún ardiente puesto de avanzada enemigo, esbozando una leve sonrisa.

Al amanecer siguiente, el guardia del ya destruido puesto, que pasase la noche con el viejo morral de su enemigo como almohada, despertó. Tras recordar lo acontecido, revisó el contenido del morral, encontrando los documentos del que intentase matarlo y al mismo tiempo, que le salvase la vida. Ese mismo día renunció a la quinta compañía, tomó sus pocas pertenencias y tras meses de búsqueda se unió a los revolucionarios que azotaban las fronteras del gobierno que alguna vez defendiese.

Al cabo de dos semanas por fin encontró lo que buscaba, en un pequeño campamento al que llegó tras tres días de cansada caminata, lo vio, fumándose un enorme habano, se acercó a él, nervioso, y con voz fuerte le dijo: “Disculpe, comandante Guevara, tome su morral”. El “Che” lo miró con sorpresa, y tras esbozar la misma sonrisa que esbozara ese día, le preguntó “¿Cómo está tu brazo, hermano? El ex guardia y ahora guerrillero sonrió tímidamente.