Licencia

..."Las palabrsiempre retendrán su poder"...

lunes, 30 de marzo de 2009


29 de marzo: Día del joven combatiente


Es simple. Por los hermanos y hermanas, por los amigos y amigas, por los padres y madres, abuelos, abuelas, primos, primas, profesores, cantantes, banqueros, ingenieros, pobres, ricos, artistas, poetas, escritores, bomberos, quiosqueros, médicos, deportistas, estudiantes, pingüinos, hi' de pu..., feriantes, piratas, rojos, negros, azules y hasta blancos... por todas y todos, y para todos y todas: un requiem en honor a los caídos.

Con especial cariño a Alejandro Esteban Lomas, dondequiera que estés, sé que sigues luchando; y a Ángel Fontealba, espero que hayas encontrado lo que buscabas, lo que es yo, aún lo guardo en mi bolsillo.


sábado, 14 de marzo de 2009

Epitafio



Inspirado en la canción de homónimo nombre del poeta y canta-autor chileno, Mauricio Redolés. La creatividad no fue mucha, es más bien parecido a la canción, con ausencia de parte y agregado de otras, sólo algo que quería hacer... Abrazos pa' todos, Carpe Diem y saludos.

Epitafio

Phillip nunca pensó encontrarse en ese puerto, escuchaba palabras que no entendía como "choro", "vinacho", "Valpo" o " hueón". Recordaba su vieja isla y una nostalgia pasajera rodaba por sus ojos, el sonido de algún lejano barco lo distraía mientras algún puesto de fritangas al borde del camino llamaba su atención con ese humo y esos gritos en ese español inentendible para él. Con el tiempo aprendió los caminos del puerto y algo del idioma, los bares bohemios lo escuchaban de noche, entre risas de sus conciliábulos al pronunciar los nombres de los mariscos de una manera que llamaba a risa. Años después, con su mismo español mal hablado y de difícil entendimiento, conquistó a una pequeña "mujerzuela" oscura, se casaron en una pobre capilla del puerto, entre borrachos y perros callejeros, vino y sopaipillas. Un mal día de invierno, entre la niebla de la marea y las luces de los carentes postes de Valpo, Phillip se vio abarcado por un pequeño moreno que, con voz grave y puñal en mano, le decía: "¡Entrega la billetera, gringo culiao!". Phillip, sin entender las últimas palabras del pequeño hombrecillo, lo miró con profunda comprensividad y abrió su abrigo de forma amenazante, el porteño, al sentirse en peligro, hundió su puñal en el estómago de Phillip, que cayó al suelo soltando lo que había sacado de su abrigo: un monedero negro de cuero y con él una pequeña petaca de ron que pensaba convidar al pequeño asaltante. El hombre, tomó ambas cosas y corrió, doblando por el primer callejón del puerto que encontró, mientras Phillip, en el suelo, con los ojos perdidos al igual que el recuerdo en su Irlanda natal, ambas manos cruzadas sobre el pecho, con actitud propia de aquellos que pagan por su vida poco precio, se fue desangrando hasta el puerto mismo, hasta el mar mismo, hasta Irlanda misma, hasta este cuento y hacia aquella canción, y hacia aquel poeta callejero que la canta rara vez en algún boliche de Santiago... hasta este, su epitafio.