Licencia

..."Las palabrsiempre retendrán su poder"...

miércoles, 30 de abril de 2008

Mensaje Nocturno


La piedra voló incontables segundos hasta estrellarse con la ventana, la atravesó sin problemas, dejando el piso dentro de la casa lleno de trozos de vidrio roto. Ella se levantó asustada por el ruido, se puso un chaleco tan rápido como pudo y bajó las escaleras corriendo con una escoba que había tomado en el pasillo a modo de arma. Cuando llegó a la ventana no encontró nada más que los cristales en el suelo, miró por ella y no vio a nadie, sólo sombras en la oscura noche que se escondían de la titilante luz de los postes. Ella, aún escuchando su corazón latir a toda velocidad, se dio vuelta sin prender la luz del living donde se encontraba, de pronto, observó la piedra que estaba a los pies de un sillón, la miró extrañada, como no comprendiendo su motivo de estar ahí, la piedra quieta, de forma displicente, tenía un papel atado a ella con un elástico, ella pronto lo notó, atravesó la habitación esquivando los vidrios rotos para evitar herir sus pies descalzos, hasta que estuvo al lado de la piedra, la miró de soslayo, como con temor de averiguar su contenido, temor de lo que esa piedra pudiese significar en su vida a futuro, pero con ansias de saber, con un incontrolable deseo de tirarse al mismo suelo a leer el contenido de ese papel atado a esa invasora piedra. Pasados unos segundos de incontenible miedo y ansias, se arrodilló frente a la roca, la tomó en sus pequeñas manos, sacó el elástico y desdobló el papel, lo leyó lentamente, saboreando ambos, su miedo y su curiosidad, luego cayó, sentada en el suelo con ambos pies estirados, una negra lágrima rodó por su mejilla, haciéndole recordar que no se había quitado el maquillaje antes de acostarse, se tapó la cara con ambas manos y largó a llorar, luego se levantó lentamente, recogió los pedazos de vidrio con la escoba que pretendía usar para defenderse, cubrió la ventana con un pedazo de género que guardaba en una cajonera y luego se acostó aún sollozando por lo leído.

viernes, 25 de abril de 2008

Caminando como siempre


La luna lo vigila cuidadosa, él abre sus brazos y, con un suspiro, saluda al viento que lo recibe, una sonrisa se esboza en su cara, sigue caminando, una luz impertinente lo distrae unos segundos de su nihilista sueño, no los suficientes, enseguida su mirada vuelve a la luna y su rostro a la lobezna sonrisa. Camina otro poco, su mirada vuelve a la luna y un brillo delata en sus ojos una pregunta, de pronto, Lennon le susurra algo a los oídos, la pregunta queda en el aire, jamás realizada, jamás respondida. Vuelve a su caminar lento, distraído y acompasado; las calles lo guían por sus recovecos sin vueltas ni desandares, todo se pone a favor, tal como el viento; “conspiración cósmica” diría él, “chanta” le diría ella. Otra sonrisa se dibuja bajo sus bigotes, mira por primera vez hacia delante, mil caminos se abren a sus pies, él los mira con un leve atisbo de esperanza, no espera nada, sólo sus pies, compañía y el camino, como siempre; una sonrisa y el viento, como siempre; la luna y las luces... como siempre.

miércoles, 16 de abril de 2008

La flaca

La flaca camina neviosa. Su marido, el Choro, salió hace más de seis horas y no ha llegado a casa. Nunca se demora tanto, o tal vez sí, pero algo le dice que hoy no es así, que hoy pasa algo distinto. "Ta enrarecío el aire" dijo cuando despertó y se percató que el Choro no estaba. Se levantó y cruzando la habitación oscura salió del departamento, mejor dicho, de la pieza y se pasó al de al lado. Con un golpe suave a la puerta susurró: "mairina, mairina, ábrame la puerta". Una mujer anciana abrió la puerta: "¿Qué querí cabra?...¿no ví la hora que es?", "Mairina, el Choro no llega, salió temprano y tengo mieo". La anciana soltó una carcajada sincera. La miró con ternura y la invitó a entrar. En el livin-comedor-cocina-dormitorio se sentaron y la Mairina le sirvió un café. "¿Qué te pasa pollito que andai tan asustá?". "Tengo miedo, mairina, tengo miedo que le haya pasado algo" respondió tiritando la flaca. "Si sabí que el Choro es así. O anda en un puterío o está en el clandestino de Santa Rosa". La flaca la miró con sus enormes ojos de almendra y se puso de pie: "No mairina, yo tengo que ir a buscar a mi marío" La mujer la miró con ternura "Anda, cabra lesa, yo te cuido tus críos". La flaca se vistió, en cinco minutos estaba caminando a paso seguro por las calles del Santiago nocturno. Cerca de una hora depués, y tiritando hasta los huesos, llegaba a Plaza de Armas. Sabía de memoria los recorridos que hacía el Choro pa ir a flaytear. Lo había acompañado tantas veces... Pero eso fue antes de que tuviesen hijos. Los latidos de su corazón retumbaban en su cabeza. Miraba a todos lados. No había ni luces del Choro. Algo la guía hacia Bandera. Camina temblorosa y ahí, en una banca, lo ve. Desangrado con un pito en la mano y con esa sonrisa irónica que tanto le gustaba a la flaca, el choro yacía, helado, sin vida. La flaca corrió hacia él. A sus pies, un vagabundo estaba desangrado también, con un puñado de tabs de bebida repartidos por el suelo. La flaca entendió todo. Se sentó al lado del Choro, de su negrito. Lo miró con ternura, las lágrimas se agolparon en sus ojos y cayeron por su cara, mojándola, mojándolo. Gimoteó un poco. Se secó las lágrimas. Era la esposa del Choro, no tenía que llorar como cabra chica. ¡Qué diría elChoro si la viera! Pero no lo soportó. Tiró lejos el pito, se puso el yockey negro que estaba a su lado y se acurrucó entre sus brazos. "Negrito, negrito... ¿vamonos pa' la casa, negrito?..."









Inspirado en el cuento "El Choro".Un cuento que hace algún tiempo escribiste. Te amo Freddy, ojalá te guste.
Connie:::

viernes, 11 de abril de 2008

Máquina del tiempo


Miró hacia adentro, vacilante, la puerta delante de él parecía enorme, un gigante de madera crujiente. Al fin se decidió, dio el primer paso y un olor a naftalina, ropa vieja, porotos y rozas lo detuvo indeterminados segundos en algún tipo de ensoñación mística que lo llevó por las más ávidas etapas de su niñez. Cruzó el umbral y la mística se tornó real, era un niño de nuevo, vestía buzo parchado y zapatillas tigres; vio a su abuela en el umbral de la casa, corrió cruzando el patio a abrazarla. Ella, sonrisa amplia, lo envolvió en sus pequeños brazos que para él eran enormes. Una vez dentro, él en la mesa, saboreando los fideos más ricos que alguna vez probó, bajo la mirada amable de su abuela. Luego, horas de juego, pasto, la teleserie de la tarde, sonrisas y risas varias, sólo felicidad hubo ese día. Al caer la tarde, el niño, luego de un enorme abrazo, cruzó de salida el patio, con un enorme dulce en su mano, tesoro de la última aventura con su abuela. De pronto, a medida que se acercaba al enorme gigante crujiente, el dulce se fue achicando, ya no abarcaba toda su mano, sino sólo la palma, el buzo se transformó en terno y corbata, y el gigante crujiente pasó a ser sólo una pequeñita puertecita de madera. Ya no era un niño, volvió a ser hombre, recordó su trabajo, su mujer y sus hijos. Miró hacia atrás y la enorme abuela con la que había jugado horas, aquella a la que impaciente miró tejer con esa imponente paz, ahora era una pequeña viejecita encorvada que apenas si veía con esos ojitos pequeños y oscuros. él se despidió desde la entrada y salió, cruzó esa pequeña puerta, escapó de esa máquina del tiempo y volvió a la realidad, al estrés, a la preocupación... en fin, al mundo.

domingo, 6 de abril de 2008

Bullicio Recoletano

El bullicio lo despierta en medio de la noche, se cuela por su ventana junto al frío, él corre la cortina y busca de donde proviene, tras unos segundos lo úbica en la Quinta Buin, en la esquina de Norte e Inocencia, avanzando hacia Raquel. Él se baja de la cama, se coloca sus botas, su chaqueta y el jockey como si su vida dependiese de ello, el bullicio permanece, intrigándolo. Luego, se deliza ventana afuera, era más fácil antes, cuando aún existía el techo bajo ella. Llega al suelo, corre, de dos trancos salta la reja y se encamina por Muñoz Gamero esperando encontrar al bullicio antes de que éste llege a Raquel. ¿Qué será? se pregunta, tal vez algún carnaval antiguo, alguna libación u orgía de algún tipo, tal vez es sólo una riña vecinal o tal vez el espirítu de aquel desdichado de las calles La Africana y Gabriel Palma que regresó de su largo exilio. Sigue avanzando, ya está cerca, el bullicio se intensifica, la curiosidad casi lo desboca, corre cruzando ya el Pasaje Uno pronto a llegar a Recoleta, ve cruzar la muchedumbre por Inocencia, llevan antorchas y palos, todos gritan y hablan, el bullicio lo domina. Por un segundo él se pregunta ¿por qué nadie más sale de sus casas?, ¿por qué nadie escucha el bullicio más que él?, ¿por qué todo sigue oscuro a su alrededor?, pero no tiene tiempo de seguir pensando, ya casi los alcanza, pronto todas sus dudas se disiparán y compartirá el secreto de esa muchedumbre y de su bullicio. Llega a Recoleta al fin, ve la iglesia San Alberto, está tan cerca, justo al doblar, donde está ese pequeño quiosco frente a la iglesia, algo frío lo detiene, en su pecho se clava un puñal que hace brotar la negra sangre de su boca, la mano que lo sostiene es negra como la misma noche, él la toma, no logra ver a quien pertenece ese brazo oscuro, todo comienza a nublarse, incluso el bullicio del cual nunca sabrá el motivo, la mano retira el puñal de su pecho, el cuerpo cae pesado en la esquina de Muñoz Gamero con Recoleta, él sólo escucha los pasos de su victimario retirarse en pos de la calle Raquel ¿irá a averiguar el misterio? se pregunta él. De pronto, el bullicio lo despierta en medio de la noche, se cuela por su ventana junto al frío, él corre la cortina y busca de donde proviene, tras unos segundos lo úbica en la Quinta Buin, en la esquina de Norte e Inocencia, avanzando hacia Raquel. Rápidamente cierra la cortina, se envuelve en las tapas de su cama y aprieta bien los ojos. el bullicio ya debe estar por Raquel, de apoco el sonido va desapareciendo, él se duerme.

viernes, 4 de abril de 2008

Y de nuevo...

La mirada se cruza unos segundos, nada. Una sonrisa distraída y otra mirada que se cuela por entre el vaho.
Los colores se mezclan entre la risas y el pelo.
Una palabra les llama la atención, la rodean y la siguen, luego la sueltan y olvidan.
Una caminata corta no les deja nada, nada más que estupidos suspiros y vana esperanza.
La mirada no se vuelve más intensa, el contacto no pasa de lo que fue, todo es lo mismo.
Los ojos no miran lo que quieren, las palabras se vuelven fuertes, pero no son escuchadas.
Al final todo sigue igual, las sonrisas, el pelo, las miradas y las preguntas, todo, sin respuestas.